lunes, 5 de diciembre de 2016

El señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien

Hoy me lanzo a un crítica ligera y poco polémica, nada más y nada menos que la obra de referencia de la Literatura Fantástica moderna (así, con Mayúsculas). "El Señor de los Anillos" se encuentra a medio camino entre la obra maestra y el tostón infumable. ¿Por qué? Vamos a verlo con calma...



"El Hobbit" fue una novela ligera, un cuento inspirado en la mitología nórdica con dragones, trolls, enanos, elfos y mucha magia, que Tolkien escribió para sus hijos. En sus páginas se encontraba el germen de una aventura épica mucho mayor, pero el carácter ligero de la obra no daba pie a pensar en la grandilocuente obra que surgiría de ahí. El anillo encontrado por Bilbo en el trascurso de sus aventuras en "El Hobbit" resulta ser el Anillo Único, un objeto de inimaginable poder y malignidad perdido hace siglos y que el Señor Oscuro codicia para recuperar su poder y dominar a todos los pueblos libres. Frodo, sobrino de Bilbo, hereda el anillo, sin saber de que se trata realmente, y con la ayuda del mago Gandalf el Gris inicia un viaje para decidir el destino del anillo y de toda la Tierra Media.

"El Señor de los Anillos" se divide en tres tomos, que forman una misma unidad (nada de lecturas independientes). Posiblemente, Tolkien sea el culpable de la moda (literaria y cinematográfica) de hacer trilogías. En ellos nos narra un viaje épico, siempre con el trasfondo de la lucha entre el bien y el mal, con personajes casi legendarios que sobrepasan las capacidades humanas. En sus páginas encontramos muchos temas subyacentes, camuflados en la narrativa fantástica, como la capacidad corruptora del poder, la debilidad y fortaleza de los más pequeños frente a enormes situaciones negativas o la amistad, el sacrificio y la lealtad. Todas ellas, en cierta manera, reflejo de la personalidad y las vivencias del propio Tolkien (su experiencia como soldado en las trincheras durante la Gran Guerra, su pasión por la naturaleza y el campo, su rechazo a la industrialización, su profunda religiosidad...).

En las primeras páginas notamos que el tono general de la obra sigue el de cuento ligero que nos encontramos en "El Hobbit", pero más lento, con más detalles y más elaborado. Poco a poco, abandonamos el tono de cuento para entrar en la narrativa épica, a todas las escalas. Los personajes son más importantes y poderosos, las consecuencias de la acción decide el destino de todo el mundo, el viaje es más largo y pesado. Todo con un tono mucho más recargado y rimbombante.

Tolkien narra su epopeya recogiendo toda la herencia clásica, la mitología nórdica, las leyendas artúricas y muchos conceptos de la religión católica camuflados, volcándolos en un mundo fantástico magníficamente construido. Para entender el éxito de la obra, es necesario hacer un esfuerzo por situarnos en su época. La narrativa fantástica era un género menor, relegada a las revistas pulp con una calidad media bastante baja y poco respetada por el mundo literario. Tolkien, un profesor universitario de Filología, imagina un universo de magia y leyendas fabulosas con coherencia y belleza, con un estilo narrativo muy superior al de la mayoría de escritores fantásticos, con poemas y canciones cuidadosamente escritos. Cuando poco después de su publicación (en 1954) llegaron los años 60, el movimiento hippie toma "El Señor de los Anillos" como un grito a la imaginación y como símbolo de la lucha contra la realidad. El Señor de los Anillos es una obra ambiciosa, que debido al carácter perfeccionista de Tolkien, tardó 11 años en ser completada. No es, precisamente una lectura ligera.

La obra de Tolkien ha inspirado a numeros artistas, como Alan Lee...
Precisamente, este tono de epopeya clásica aleja al lector de la mayoría de los personajes, y con la salvedad de los pequeños y chabacanos hobbits, le resulta difícil a nadie verse reflejado de alguna manera en ninguno de los personajes. Sus personajes son pluscuamperfectos, Légolas no falla ni una flecha, Gimli es infatigable, Aragorn es un guía y rastreador fantástico, Gandalf es un sabio con todas las letras. En su obsesión por narrarnos un viaje largo y pesado, da la sensación de que Tolkien quiere contarnos todos los detalles de cada kilómetro recorrido, cada recodo del camino, cada pequeñez que se encuentran los personajes. Tolkien olvida, deliberadamente, el recurso de la elipsis (para los despistados, recurso por el que se obvian los acontecimientos entre dos escenas, para no recargar una obra), lo que hace su lectura mucho más pesada. La inclusión de poemas y canciones para relatar leyendas de la Tierra Media que poco aportan a la trama (excepto alimentar un mundo fantástico, por otro lado, magníficamente pensado y esbozado) a mi parecer poco ayuda a aligerar la obra. El tono conservador de la obra, algunas referencias racistas y la fuerte influencia cristiana en la obra son algunos puntos que sus detractores apuntan para desmerecer la saga. Incluso cuando todo ha acabado, todavía quedan 150 largas páginas antes de llegar al final del libro.

Pero en mi opinión, acusar al "El Señor de los Anillos" de tostón y no reconocerle el mérito literario e imaginativo que tiene, es como pretender negar a "El Quijote" su riqueza y su aportación a la literatura universal. Ninguna de las dos son fáciles de leer, y cada una es victima de su época en distintos aspectos, pero no por ello son obras menores, sobrevaloradas o que deban ser despreciadas. Quien busque una lectura ligera, un best-seller moderno o un reflejo realista, debería escoger otra lectura. "El Señor de los Anillos" es épica, clásica y grandilocuente. Acercaos a la trilogía con cuidado y preparados para no ser aplastados por un estilo recargado y minucioso. Si queréis un acercamiento más ligero, Peter Jackson nos obsequió una trilogía cinematográfica que, sin perder epicidad, resulta mucho más abordable para el grueso del público más acostumbrado a los "block-busters" palomiteros.

Si pasáis de leeros el tostón, tenéis la película de Peter Jackson, bastante bien llevada...
Y hablando de su adaptación al cine, os dejo un par de apuntes y curiosidades sobre la relación del séptimo arte con "El Señor de los Anillos". Tolkien, ya en vida, tenía cierta animadversión a la obra de Disney y rechazaba totalmente que ninguna de sus creaciones cayeran en sus manos, llegando a dejarlo plasmado en su testamento. El primer intento de realizar una película data de 1956, en formato de dibujos animados, que Tolkien aceptó en un principio por alejarse del estilo de Disney, pero numerosos cambios en el guión disgustaron al escritor y se canceló el proyecto. El sobrevalorado Stanley Kubrick tuvo la idea de hacer una adaptación con The Beatles como protagonistas, pero todo se quedo en un proyecto inconcluso y un desvarío mental del director. En 1976, tras un desastroso intento de John Boorman de realizar una película con actores reales (en el que se reducía la trama a una sola película, desaparecían personajes e incluía una escena de sexo entre Frodo y Galadriel, y otra entre Aragorn y Eowyn, ahí es nada), Ralph Bakshi consigue rodar una irregular película en dibujos animados (Boorman terminaría retomando sus ideas para rodar "Excalibur"). El título recorre casi la mitad de la historia en apenas 2 horas (para haceros una idea, Peter Jackson tarda casi 5 horas en contar lo mismo), con un ritmo acelerado y comprimido, y tuvo una recepción tímida que impidió que se rodase la segunda parte. Hasta 1995, año en el que se comenzó el monumental proyecto de Peter Jackson y su posterior estreno en 2001, no se consiguió llevar de manera efectiva el proyecto a la gran pantalla (con un resultado bastante bueno y respetuoso con el libro, a pesar de sus numerosos cambios y detalles perdidos).

El póster de la película de Bakshi prometía más epicidad de lo que había realmente...
"El Señor de los Anillos" constituye una lectura obligatoria para todo aficionado a la fantasía, si bien muchos la criticarán o preferirán otros títulos más ligeros y accesibles (no quiero entrar en la discusión sobre si Dragonlance es mejor que la Tierra Media...), que supone un hito en la narrativa moderna. Avisados estáis sobre su densidad, pero con todo, os lo recomiendo.