lunes, 19 de marzo de 2012

Neuromante, de William Gibson

Pocos autores tienen el honor de ser reconocidos como padres de un género. William Gibson fue, con “Neuromante”, el creador de un estilo propio, que terminaríamos conociendo como “CyberPunk”, caracterizado por ambientarse en un futuro incierto donde los implantes cibernéticos y las redes de información están a la orden del día.


En un futuro no muy lejano, en el que el acceso a las redes se realiza con conexiones neurológicas directas al cerebro, Case es un antiguo hacker informático (denominados vaqueros, en el libro) que, al intentar estafar a un cliente, es incapacitado para acceder a la red. Malvive en las calles de Chiba City, en Japón, enganchado  a las drogas y realizando pequeños apaños de dudosa legalidad, mientras busca en clínicas ilegales una cura para su mal. En ese entorno se encuentra con Molly, una joven samurái callejera, que junto con un enigmático personaje llamado Armitage le contrata para un trabajo. Armitage asegura tener la cura definitiva para Case. Mientras Molly y Case realizan algunas operaciones obteniendo a cambio escasa información de Armitage, estos investigan el pasado de su contratante, descubriendo que detrás de todo está una inteligencia artificial llamada WinterMute. A lo largo de una trama enrevesada, oscura y trepidante, descubrimos un pesimista futuro y un incierto destino para los protagonistas, convertidos en marionetas en un juego que escapa a su comprensión.

La prosa de Gibson descarga energía, electricidad y luz en medio de un entorno oscuro y deprimente, retratando magníficamente un mundo en el que las luces de neón y el brillo de las pantallas de ordenador iluminan las noches de las ciudades. Retrata una sociedad altamente tecnológica y en decadencia moral, con una pluma ágil e intencionadamente ambigua. No entra en detalles sobre la tecnología, los conceptos ni explica que es la matrix (lo que hoy llamamos la red), que es un microsoft (nada que ver con la compañía de Bill Gates, es un dispositivo electrónico) o un dermo (una droga absorbible por la piel). Son conceptos usuales para la sociedad en la que se mueve el relato, y como tales los trata el autor, dando al relato mucho dinamismo pero al mismo tiempo ambigüedad. En ocasiones, hasta puede resultar confuso, dada la tendencia del autor a asumir que ciertos conceptos se conocen, a usar terminología propia o a retratar con pinceladas rápidas las escenas, sin dar una imagen de conjunto. Pero aún así, es innegable el magnetismo y la intensidad del relato, una relato de consecuencias épicas desde la visión de personajes que resultan pequeños en la trama y que apenas tienen conciencia de lo que está ocurriendo. Desde su primera frase nos deja claro el mundo en el que nos movemos, un mundo futurista de poesía tecnológica (“La noche estaba del color de un televisor sintonizando un canal muerto”, me parece sencillamente genial). Una vez superado los dos primeros capítulos, estaremos tan imbuidos en el mundo que nos resultará difícil desprendernos de él. Más si tenemos en cuenta que se publicó en 1984, cuando eso de internet era una quimera desconocida para el gran público.

En cuanto a su influencia, tan solo decir que Neuromante es considerado la obra de referencia por excelencia del Cyberpunk. Todo lo que vino después, son tan solo variaciones sobre la misma idea: tecnología de fantasía, implantes cibernéticos, internet, corporaciones megalómanas, decadencia social... E incluso la estética es plagiada en algunas obras consideradas “de culto”: El personaje de Trinity de Matrix no es más que una variación de Molly. Ganadora de multitud de premios (entre los que se encuentra los premios Hugo, Philip K. Dick y Nébula) no es una novela que deje facilmente indiferente.

Es posible que la novela necesite una mentalidad abierta la primera vez que se aborda, y requiera una segunda lectura para saborearla en todo su esplendor. Y es muy posible que mucha gente la trate de ilegible, densa y extraña. Para mí, es un referente de un estilo de escritura que despide descargas eléctricas y que definió, en una novela relativamente corta (poco más de trescientas páginas, lejos de tochos épicos de más de ochocientas), todo un género en sí mismo.


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