jueves, 9 de junio de 2011

La Princesa Prometida

Hace unos pocos días, en la tradicional (y casi inadvertida) concentración del día del orgullo friki en Callao, nos dieron unas chapitas publicitarias con eslóganes frikis: "En ocasiones veo cosas frikis", "Zombies! Tengo unos guisantes que plantar" o "No haber visto La Princesa Prometida debería ser delito". Esta última fue la que me quedé yo, ya que es una película que me encanta y de la guardo muy buenos recuerdos. Antes de Internet, e incluso antes de que un servidor tuviera video en casa, no pasaba por alto ninguno emisión de este titulo en la tele. Incluso recuerdo una vez que a los 10 minutos de empezar, el televisor se estropeo y se veían tres cuartas partes de pantalla en rojo… y aún así me trague la película entera. Por ello, por nostálgico y soñador, he decidido escribir esta reseña.

La historia, inspirada en el libro homónimo de William Goldman, nos narra como un abuelo visita a su nieto enfermo (el detective Colombo, o Peter Falk, y el niño de aquellos maravillosos años, Fred Savage, respectivamente), y le lee un cuento para entretenerlo. Es el cuento el que ocupa la práctica totalidad de la cinta, relegando a nieto y abuelo a unas pocas interrupciones (más o menos cómicas) en las que comprobamos como el interés del niño por la historia crece junto con el nuestro.
El cuento en sí es un compendio de todos los temas clásicos recurrentes de los cuentos: una historia de amor verdadero, duelos de espadas, buenos buenísimos movidos por nobles ideales, malos malísimos viles y rastreros, fantasía y toques de humor, con final feliz incluido. Pero antes que caer en el tedio de los clichés y ser una película del montón, previsible, repetitiva y simplona, La Princesa Prometida rezuma algo más. Durante toda la película se nota que todo el equipo involucrado en el proyecto ha trabajado poniendo un cariño especial en la historia. El guión, elaborado por el propio William, los actores, desde André el Gigante (luchador de la lucha libre americana, la famosa y tan espectacular como esperpéntica WWF) que interpreta al enorme Fezzy hasta Billy Crystal, actor que nunca fue santo de mi devoción pero que encarna perfectamente al milagroso Max, la preciosa música de Mark Knopfler, o los detalles de los decorados. Nada resulta recargado, y todo sirve para crear el ambiente de cuento perfecto. El conjunto es una historia emocionante, tierna, simpática y divertida, orientada al niño que los adultos escondemos. También puede ser una película para niños, pero los mayores disfrutaremos con ella tanto como los pequeños.
La película esta llena de escenas y personajes memorables. El terrible pirata Roger, los tres duelos (a espada, a la fuerza bruta y el de ingenio), la venganza de Iñigo Montoya, el milagroso Max… podría tirarme un buen rato rememorando escenas y frases, algunas tan reconocibles y parafraseadas hasta la saciedad como la contundente “Me llamo Iñigo Montoya, tu mataste a mi padre… prepárate a morir”. No os develo más, los que conocéis la película, estaréis ya recordándola, y los que no, estáis tardando en descubrirla y aprender a disfrutarla.
Cierto es que si nos ponemos especialmente críticos, debemos de reconocer algunos fallos de guión. Pero es un cuento de hadas, y además de los que tiene un huequecito en nuestro corazón nostálgico, así que los podemos perdonar. Respecto a la comparativa con el libro, aguanta muy bien el examen. El propio William Goldman estuvo involucrado en la realización del guión de la película, y que este escritor ya había trabajado anteriormente para el cine (fue guionista de “Dos Hombres y Un Destino”), así que sabía lo que se hacía. Algunos cambios menores que no tienen mayor importancia, y la adaptación a la gran pantalla estaba lista. Ha llovido mucho desde 1987, año en el que se estrenó, y sin efectos especiales por ordenador ni los efectos tremendistas a los que nos acostumbra el cine actual, creo que no ha envejecido nada mal. Eso, o que yo me resisto a que un recuerdo de mi infancia quede relegado al pasado. Será lo primero, seguro.
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